La contaminación de la que pocos hablan: así afecta al planeta el exceso de luz

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La contaminación lumínica es uno de los problemas medioambientales que pasa más desapercibido. Su efecto más evidente es la pérdida de la noche, pero su impacto va más allá, afectando a la fauna, la flora y la salud humana.

El mirlo común (Turdus merula) comenzó a desplazarse en el siglo XIX hacia las ciudades, y cada vez es más frecuente verlo en zonas urbanas; su capacidad para adaptarse a vivir en ambientes muy humanizados le ha llevado a cambiar sus hábitos, los urbanitas son más madrugadores y, en algunos casos, empiezan a cantar hasta cinco horas antes que sus parientes rurales. El efecto combinado de la iluminación artificial y el ruido les lleva a despertarse antes porque necesitan hacerse oír para marcar su territorio.

Esta modificación de las costumbres debida a la presencia de luz durante la noche afecta a numerosas especies, aves típicamente diurnas aprenden a usar el alumbrado público para alargar su periodo de actividad. El tejado de la catedral de Sevilla alberga la mayor colonia de cernícalos primilla que vive en una ciudad europea y, aunque la presencia de la rapaz en este lugar no es reciente, el entorno iluminado les facilita mucho la vida. La luz de las farolas atrae su alimento y les permite divisar insectos, que se convierten en una presa fácil para los depredadores.

Pero no es oro todo lo que reluce, estamos perdiendo la noche, y no solo en las ciudades, la iluminación artificial emite un resplandor que se extiende a kilómetros de distancia, hasta áreas remotas alejadas de las fuentes, y la ciencia está viendo que el impacto de la contaminación lumínica es mucho más serio de lo que nos creíamos.

Visto desde el espacio, gran parte de nuestro planeta parece un gigantesco árbol de navidad rodeado de un resplandor difuso; esta imagen luminosa tiene un lado oscuro, que amenaza sobre todo a las especies de hábitats nocturnos (alrededor del 65 %). Está ampliamente documentado que la luz artificial está alterando la alimentación, la reproducción y la orientación de muchas de ellas. Los casos más conocidos son los de las aves migratorias que, cegadas por la luz de las concentraciones urbanas, se desvían y colisionan produciéndose una elevada mortandad.

Las luces a lo largo de las costas también afectan a las tortugas marinas, alterando sus pistas visuales, los animales se desorientan al volver al mar, y sus crías, cuando salen del huevo por la noche, confunden el resplandor de los establecimientos de la playa con el de las estrellas que se refleja en el agua y toman la dirección incorrecta.

Murciélagos, anfibios, peces, especies vegetales, los ejemplos son innumerables y, a medida que las investigaciones avanzan, se multiplican las amenazas, en ocasiones con descubrimientos que resultan inquietantes. Un estudio de 2017, realizado por la Universidad de Berna, alertaba que la luz artificial impactaba en la polinización, su uso había disminuido en un 62% las visitas de insectos nocturnos a las flores, lo que se traducía en una caída de 13% en la producción de frutos. De hecho, cada vez más investigaciones apuntan a la contaminación lumínica como una de las causas de las drásticas disminuciones de poblaciones de insectos en varias partes del mundo. El asunto que no es baladí y puede tener graves consecuencias para la biodiversidad, ya que este grupo de animales conforman la base de la pirámide trófica.

El mayor obstáculo a la hora de atajar este problema es que la mayoría de la gente no solo no percibe el exceso de iluminación como contaminación, sino que lo ve como algo positivo, como una imagen de bienestar y progreso, lo que dificulta su solución. Lo mismo que ha sucedido con otros impactos medioambientales, que ha costado años el entender y aceptar, el de la luz pasa bastante desapercibido para la sociedad que, como mucho, piensa que es un tema que afecta a los astrónomos. Pero con la desaparición de la oscuridad de la noche, perdemos mucho más que la visión del cielo estrellado.

La astrofísica Susana Malón, directora de Lumínica Ambiental, una de las primeras empresas a nivel internacional dedicada específicamente a la problemática de la contaminación lumínica en todas sus dimensiones, incluida la divulgación, comenta que «a diferencia de otros temas, como las emisiones de gases, vertidos o residuos, que tienen connotaciones negativas, el del exceso de luz la sociedad no lo acaba de ver».

«Pero es el momento de hacer una labor de pedagogía porque es una contaminación que tiene una relación transversal con otros temas, como el calentamiento global», añade.

«La parte positiva es que, en buena medida, este problema se puede solucionar de forma bastante sencilla porque disponemos de la tecnología para poder hacerlo».

El Diodo Emisor de Luz, LED (Light Emitting Diode) es una fuente de luz muy reciente -los primeros se instalaron en los años 60 en equipos electrónicos y de ensayo de laboratorio-, en los 90 se presentó el primer LED azul de alta luminosidad y poco después el blanco. A partir de entonces, esta tecnología comenzó a avanzar de forma vertiginosa, revolucionado la forma de iluminar. Pero han saltado las alarmas y algunas de sus ventajas están en entredicho. Un grupo de investigadores que ha medido, a partir de imágenes de satélite, la luz artificial emitida desde la Tierra, concluye que «las noches de nuestro Planeta son cada vez más brillantes» y que probablemente la iluminación LED tiene mucho que ver.

«Esta tecnología es muy eficiente y puede contribuir a disminuir el resplandor luminoso nocturno, pero no todo vale, y en los últimos años se han auténticas barbaridades», comenta Malón. «El espectro de la luz tiene diferentes colores, y el azul es el que produce un mayor impacto en el medio ambiente porque es el que más se dispersa en la atmósfera. Todo apunta a que también es el más perjudicial para la salud humana porque afecta a nuestro reloj biológico, lo que conlleva desajustes en la segregación de la melatonina».

«Uno de los aspectos que hay que tener en cuenta es la temperatura del color, cuanto más alta sea tiene más azul y contamina más», añade. «El LED blanco neutro tiene una temperatura de color de 4.000 kelvin, y contamina bastante, pero en muchos lugares se han llegado a instalar de 5.000 K o de 6.000 K -blanco azulado-, que es muchísimo. Sin embargo, esta tecnología también nos permite tener 3.000 K o 2.200 K -luz cálida-, o los LED PC ámbar, que prácticamente no impactan y que se están poniendo en espacios de alto interés natural y astronómico».

«Las lámparas LED de colores cálidos son similares a las antiguas de sodio, la diferencia es que las de sodio reproducen los colores en un 15%, y éstos no se distinguían bien», informa. «Pero con un LED de 2.200 k se reproducen más del 70% de los colores, se ven muy bien. Incluso con el LED PC ámbar, la opción más drástica que se instala en observatorios astronómicos, zonas de red Natura o reservas Starlight, la reproducción cromática es del 50%».

«Hace más o menos una década, cuando comenzó a popularizarse el LED, uno de los argumentos fue que eran más eficientes que las antiguas lámparas y se invadió buena parte de España con luces de pésima calidad. La mayoría eran blancos de 5.000 y 6.000 kelvin, los más contaminantes y, además, con la excusa de la eficiencia, se aprovechó para aumentar los puntos de luz, con lo que pasamos de tener una buena herramienta para combatir la contaminación lumínica a contaminar más, un descontrol», apunta Malón.

«La normativa siempre va por detrás. El reglamento vigente a día de hoy, que es de 2008, no incluye al LED, y en esta época ya se estaban instalando. Ha habido un vacío legal que ha sido aprovechado por empresas que no tenían nada que ver con el sector de la iluminación, pero que vieron un nicho de negocio y comenzaron a importar LED de calidad pésima, colocando alumbrado hasta en polígonos que todavía no estaban construidos», explica Malón. «Afortunadamente se está consiguiendo frenar todo este desbarajuste. Yo estoy en el Comité Español de Iluminación, en el que hemos elaborado un documento de requisitos técnicos exigibles a las luminarias con tecnología LED para ordenar este descontrol, y que este tipo de luminarias tan contaminantes no se instalen.».

«Otra de las ventajas de la luminaria LED es que su luz es direccional, la proyecta hacia el área que se quiere iluminar, y la sensación que produce frente a la antigua, que dirigía la luz en diferentes direcciones (cielo, fachadas), es que al ojo le parece que ve más con esta última que con el LED. La realidad es que el suelo, que es lo que realmente hay que ver, está mejor iluminado», aclara Malón. «Es necesario generar una nueva cultura, hacer pedagogía. En general, los ciudadanos piensan que cuanta más luz mejor, porque se asocia a la seguridad, y no es cierto, porque el exceso de iluminación deslumbra, y un ojo deslumbrado es un ojo ciego que cree que ve bien, pero se trata de una falsa percepción».

«El tema del alumbrado público es muy espinoso y, en general, las instituciones tienen mucho miedo a las quejas del ciudadano, por este motivo es clave concienciar a la sociedad, que es la que ejerce presión», añade. «La luz no es la mala de la película, es necesaria, pero hay que poner la justa y adecuada en cada entorno, no sobreiluminar».

Menorca, la primera isla del Mediterráneo que ha conseguido el certificado de Destino Turístico Starlight y el de Reserva Starlight, para conseguir esta acreditación ha tenido que pasar por un proceso riguroso y realizar una auditoría que certifique la calidad de sus cielos y su protección; la empresa Lumínica Ambiental, de Susana Malón, ha sido la encargada de redactar el Reglamento de Protección del Cielo Nocturno.

Fuente: EL MUNDO.ES

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